Antes, los niños que no corrian ni jugaban fútbol venían a hablar conmigo, pequeños insensatos y burlones de la temporalidad, sus vidas eran morisquetas al destino, ellos conocían los secretos de la metafisica, de la verdadera metafisica: la mental.
En sus ojos de 7 veía el brillo de 80, ese brillo que proyecté en mi mente durante decadas esperando volver a encontrarlo, estaba ahi, intacto, 80 años después de la calamidad que, bueno, bifurcara nuestro devenir e hiciera que mis ansias insatisfechas de jugar crecieran junto conmigo. Debimos haber sido grandes amigos entonces, me cuesta recordar, un techo nos servía para gritar y levantar tejados, y las montañas para observarnos hacerlo. Hoy en cambio, aunque la amistad perdurase, ya no podiamos hacer que la gente retumbara. El tiempo en que dejamos de vernos desde ese entonces dio espacio a las convenciones que no compartiamos y así quitarnos el aire y relegarnos a ser una minoría oculta.
Buddha de seguro no sabía que era la rueda de la vida.
"Mi mamá hizo sopaipillas hoy día, ¿Querí' ir a comer?" Vamos, de nuevo.
