sábado, 25 de octubre de 2008

Ciudadela - Ernestina

Como las calles de la Ciudadela eran amplias, el aire que descendía de las montañas al valle se distribuía de manera que el sol, reinante la mayoría de los días de la semana, no hiciera tanto daño con su apasionada labor. Solía nublarse los viernes por la tarde y no descapotarse hasta el lunes, era como si el clima envidiara a los paseantes de fin de semana.

En esos días lucían sus esplendorosos abrigos las señoras de los empresarios de la Ciudadela, conversaban en la plaza frente a la iglesia. A un par de metros de ellas, se instalaba Ernestina en su banquillo y con su cajita de polietileno llena de cubos, esperaba a que los niños llegaran a comprarselos, siempre lo haciamos aunque hubieran menos 40 o 30 grados. Cada domingo por la mañana se nos podía ver rodeandola mientras saciabamos la sed que nos dejaba el sermón.

Durante toda su vida nadie dió un peso por ella, pintaba a que ningún talento podía describirla quizas porque lo que hacía no valía lo que comunmente vale un talento. Cuando crecí y conocí otras ciudades pude corroborar que como la mano de Ernestina para hacer cubos de leche no hay en ninguna parte. Conjugaba leche, azucar y frutas con la sapiensia que tiene el destino para hacer su cometido, decía "yo solo soy la intermediaria entre la Naturaleza y sus elementos y la lengua del Hombre". Decían que aprendió en su juventud por las lecciones de la madre de Rufino que por aquellos años era su suegra, algo que me consta porque nunca creí que las monedas de Rufino solo nos las entregara para ayudarnos a capear el calor sino que también para quedar bien con Ernestina. Aún la quería, demasiado para el gusto de ella.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Ciudadela - Rufino

A la salida de la iglesia siempre faltaban veinte de los ciento veinte pesos que costaban los cubos de Ernestina ya que se iban en la colecta de la misa, los otros cien se quedaban en mi mano.

Rufino, que siempre sonreía, nos completaba la tarifa porque siempre traía monedas chicas. Sus bolsillos estaban poblados de chiches que sus dueños perdían en las calles de la Ciudadela. Debido a una malformación etarea, su espalda lo obligaba a recorrer con la mirada el asfalto por lo que acostumbraba encontrar pinches, alfileres, juguetitos, coles, clips y a veces dinero pero más que nada monedas que terminaban por saciar nuestra sed dominguera. Eramos pocos los que conocíamos la intensa y cariñosa mirada de Rufino, propia de alguien que ha vivido sus años. Su espalda la ocultaba a quienes superaban el metro cuarenta, era una de esas cosas que se embellecen mientras menos se miran. Nos sonreía y nos daba el sencillo faltante.

Los bolsillos de Rufino albergaban secretos de la Ciudadela que se esparcían por las calles y que gente como él era capaz de encontrar porque se dedicaba a mirar detenidamente donde era que estaba parado. Cartas y papeles que el descuido de sus guardianes ponía en peligro sus secretos. Secretos que ni siquiera el buen Rufino debía celar.