"Ana... Mía... por que...?".
Cuando la encontraron su madre y su hermana mayor estallaron en lágrimas concientes de que lo peor podría haber sucedido. La separación de una pareja que se prometió el amor eterno la separaba dolorosamente tambien de su familia y dejaba en medio de un campo de batalla a una pequeña que a sus diez inviernos no entendía porque debía oir a sus padres decirse cosas tan feas, de esta manera no pudo disfrutar ser lo que era: una simple niña. Hoy, cuatro inviernos más tarde recordaron que en la habitación pequeña de la esquina del segundo piso existía su hija y hermana, no habían notado su presencia integra desde ese entonces, al verla en el baño esparcida en lágrimas corrieron con ella al hospital y los doctores la hicieron volver para que viviera nuevamente para su familia ya que para ella misma la vida había acabado hacía mucho.
Cuando despertó, se vio tetricamente incrustada de agujas en los brazos practicamente dependiendo de las bolsas que veía más arriba destilando vida en gotas, la boca seca y un dolor en el estómago la mantuvieron pegada a su cama y mientras miraba el cielo blanco del hospital trataba de rememorar lo que soñó, y con trozos borrosos y confusos se vió detrás de una taza de baño vestida de princesa luego se levantó para mirase en el espejo desnuda, se vió delgada ¡delgada al fin! como una princesa, virginal, tersa, bella, pero... imperfecta. De alguna extraña manera el vació en su estomago que a diario sentía ahora se encontraba en su pecho, estaba incomoda, agitada, fragil, como si fuera a sucumbir en cualquier momento, se vió en el espejo como cada vez que respiraba sus costillas cada vez se asomaban más hasta practicamente verse todos los huesos en una ultima bocanada de aire. Agradeció estar despierta, agradeció tanto de que solo allá sido una pesadilla, nada más que una pesadilla.
"Es hora de irnos a casa, hija" hija... hija... ¿hija?... ¿desde cuando? Sabía que llegando a casa y tras cerrar la puerta volvería hacer lo que nadie recordaba que habitaba en la pieza de la esquina del segundo piso. Solo Ana y Mía la visitaron para felicitarla por haber superado tan fuerte prueba, una prueba de fidelidad a ellas, se daba cuenta que esto las hacia más atractiva a ambas, más que en su primer encuentro.
"Yo nunca las voy a dejar, no mientras sea imperfecta" les decía
"Tu sabes, lo que no nos mata nos hace más fuertes linda" responde Ana, Mía sonríe y le guiña un ojo.
continuará...
