miércoles, 20 de enero de 2010

Si, pudiste.

¿Cuantas veces durante los años que descansan en nuestros hombros, en los pasos que dan nuestras sombras, en las marcas de nuestros cuerpos y en las de nuestros interiores podemos, en efecto, decir que estamos/somos/vivimos/amamos/trascendemos y somos (otra vez) felices?

Ni cuan entumidos estuvieran la punta de mis dedos, ni cuan maltrecho estuviera mi espejo, ni cuan dificil fuera verme sonreir hasta más allá de la nuca. Nada, nada, absolutamente nada le importó, y me tomó de la mano y me dijo cosas lindas al oido y reímos de cuan mamones podriamos ponernos, mientras agitabamos nuestras alas esperando no bajar de nuevo a la realidad.

Y lo unico de lo que me preocupe fue de tomarle su cara y cerrarle los parapados con mis pulgares, lo que siguiera, me encargaría, fuera lo que viniese me encargaría, tenemos la mente y el corazón ocupados, no podemos detenernos ahora, tenemos un departamento en Buenos Aires que llenar.

Nunca más.
Le dimos sentido a lo que antes no tenía, ahora sentido es todo lo que tenemos.


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No puedo decir más, soy feliz.