sábado, 16 de mayo de 2009

Otoño o La Batalla de Santiago


Hace un par de meses no podía caminar tranquilo por la calle, el sol no paraba de reirse de mi y mi acalorada cabellera. "Ya me tocará" le comentaba a la sombra que antecedía mis pasos, con literal ardiente paciencia confiaba en el pronto arribo del otoño, confiable guardián de los nostálgicos santiaguinos. Pero no llegaba y el verano seguía haciendome de mi, cual matón de escuela pública con un MBA en bullying, la más mínima expresión de humano sobre el asfalto, veía nubes algodonosas, solitarias con aire de distraidas sobre el pálido azul cielo y le gritaba "¡Heeeey! ¡Trae a tus amiiigaaaass!" pero al instante se disolvía con una horrenda expresión de calamidad, al igual que mis esperanzas. Variaba entre la poderosa ilusión de días de luz tenue y la asquerosa resignación de enceguecerme a diario con las nocivas practicas solares. ¿Donde estaban? ¿Que les hicieron?

Y un martes por la mañana, el ejercito vaporoso y libertador hizo su ingreso al campo de batalla por el frente oeste, consiente de que la Batalla de Santiago se volvía cada vez menos sobrellevable, el Comandante Pacífico Sur envió sus tropas para equiparar fuerzas. Miles de valientes y algodonosas nubes lucharon contra los rayos ultravioleta, abrumado por el numeroso ejercito, el sol, cobarde como siempre suelen ser los dictadores universales, emprendió retirada definitivamente desterrado a las tierras más alejadas, donde sus ansias de poder no le hicieran daño a nadie, planeando su regreso, preparando su embestida.
La alegría fue tanta que los soldados lloraron por tres días limpiando la ciudad de todo rastro del retraso y consiguiendo el perdón de los melancólicos citadinos.

Aun montan guardia allá arriba, saben que hay quienes gustan de su presencia y eso les reconforta y a veces cuando menos lo esperamos la emoción los embarga y rompen en llanto por quienes tanto los aman y tanto les agradecen. Ahora cuando salgo a la calle siempre los saludo y les agradezco, "¡¡Suerte al otro lado che!!" les grito "Traigan dulce de leche... y una polera de Liniers"

domingo, 3 de mayo de 2009

El Domador de Ballenas



POR MARCELO SIMONETTI
ILUSTRACIÓN: OLIVIER BALEZ

No se sabe, con certeza, cuándo llegó Hans Olgernard a la isla Alfonso IX. Lo que sí está claro es que el 3 de febrero de 1991 pidió un crédito para hacerse del Suspiro Azul, una embarcación de cuarenta pies con la que recorrió fiordos y estrechos del fin del mundo en busca de ballenas jorobadas. Hans Olgernard no sólo las encontró; también desarrolló un complejo sistema de sonidos con sordina que utilizó para establecer contacto con los cetáceos. En una década, levantó en el Pacífico Sur un espectáculo sin precedentes. Arriba de su navío escribió una sinfonía única que imitaba el canto que las ballenas emiten en el período del apareamiento. Atraídas por la música, las jorobadas saltaban igual que truchas alrededor del Suspiro Azul, mientras en cubierta Hans Olgernard entraba en éxtasis con los brazos abiertos extendidos al cielo. Quienes tuvieron la suerte de presenciar semejante performance aseguran que difícilmente verán algo parecido en lo que les resta de vida. Contra lo que se pueda pensar, Hans Olgernard no murió aplastado por una jorobada ni tampoco el Suspiro Azul zozobró con él abordo. El domador de ballenas, como le llamaron los diarios, dejó una carta antes de desaparecer. En ella describía con lujo de detalles a un ejemplar hembra que no se separó de su lado en las últimas tres semanas de navegación. Lucubraba acerca de la soledad como una herramienta para aproximarse a otros mundos. Citaba a Kierkegaard y a Heidegger. En las últimas líneas apuntaba esta frase: "en el mundo de las ballenas, que ya es mi mundo, el viaje jamás termina". Dejó la carta al lado del timón, bajo un pisapapeles en el que estaba grabada la bandera de su Noruega natal. Luego de eso se lanzó al mar en busca del amor de su vida.

(Extraido de Zuper Estars)

viernes, 1 de mayo de 2009

Sacro/Empático final

"...y es por eso que adjunto la copia de la póliza que adquirió con anterioridad. Sin otro particular, me despido. Que tenga un buen día."

Cuando terminó de redactar el último e-mail del día, sintó ese alivio que tanto le gustaba, solo comparable con el calor del café en sus manos durante esas mañanas de invierno.

(Crack!) (Crack!) gimió su cuello al moverlo, el día aun no acababa, de hecho recién empezaba.

Se abrigó con sus alas y marcó los grilletes en el reloj de la entrada con su hora de salida. "Chau jefe" dijo, "mñeh" balbuceó, "maldito viejo carcelero" pensó.

En el ascensor subió al quinceavo piso, fue el último en bajar, y aún con las ganas intactas ascendió por las escaleras a la terraza. De inmaculado blanco el cielo le dio la bienvenida, le alargó la mano haciéndolo subirse el cuello de la chaqueta. Sin mucho contraste, la temerosa ciudad le miró desde abajo, como un espejo de piedra se transformaba en la imagen del cielo.

Volvió a ser Dios esa tarde de soberbio poderío.


Junto a unos tubos de ventilación, bajo una trampilla hecha por el mismo, ocultaba su divinidad: una alfombra de pasto sintético, un palo pitching wedge de 45º, 110 bolas de dos capas, un marcador negro y la antología narrativa de Edgar Allan Poe.

Entonces el mismo Poe bajaba de entre las nubes y agitaba el libro abierto sobre la ventilación, escogía de entre lo que había escrito decenios antes y se lo dictaba, él atentamente escribía:

"Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche"

Esbozaba una sonrisa con cada bola escrita, el aire frió le punzaba el corazón quién no podía controlarse del todo mientras no viera bolar las bolas por el aire.

Entonces, a orillas de la terraza del edificio más alto de Santiago extendía la alfombra de pasto, clavaba el pin plástico y elegía un adagio de Poe al azar. "Tienes un swing único" le decían sus amigos del club "pero no lo sabes ocupar". De seguro ninguno de ellos lo ocupaba tan bien como él.


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Nunca nadie se enteró pero 5 segundos antes de que Marta Correa M. de 31 años chocará con un bus oruga del Transantiago en la esquina Santa María con Bellavista el martes 7 de Julio del 2007, recordó La Ciencia del Sueño de Michel Gondry y se enterneció al leer en el cielo que después de todo no estaba tan equivocada al vivir como lo había hecho, había más gente que pensaba como ella.

El comandante de la Primera Compañía de Bomberos de Santiago dejó en constancia con Carabineros esa tarde que un agujero en el parabrisas del auto había sido encontrado. El consuelo de Marta fue ser recompensada con la empatía que buscaba hacía mucho tiempo en una bola de golf de 42,67 mm.